Martes, 07. Febrero 2012

Gardiner, Allen Francis PDF Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   
Jueves, 25 de Febrero de 2010 17:33

Gardiner, Allen Francis

 

 

Inmovilizado donde se refugiaba, hizo un gran esfuerzo y se quitó uno de los zapatos para beber el agua que había goteado dentro de él. No mucho después, con mano temblorosa hizo una última anotación en su diario: "Grandes y maravillosas son las gracias de amor de mi bondadoso Dios. Me ha preservado hasta ahora y durante cuatro días, aunque sin alimento corporal, sin ningún sufrimiento de hambre o por sed".

Quien así se expresaba, después de más de ocho meses de sobresaltos y angustias en el extremo sur de nuestro continente, consciente de que su suerte semejante atravesaban sus seis compañeros postrados en las inmediaciones, era el capitán de marina Allen Francis Gardiner.

Había nacido en Inglaterra en 1794, en el seno de una familia anglicana de buena posición. Cursó estudios en el Colegio Naval y se echó al mar a los dieciséis años. Llegó a ser comandante, pero a los cuarenta se retiró de la marina para dedicar los restantes diecisiete años de su vida a abrir caminos para la evangelización de las poblaciones autóctonas del mundo, especialmente en América del Sur, en cumplimiento de un llamado experimentado años antes. Durante sus viajes por el "nuevo mundo" había tomado conciencia del deplorable estado en que vivían los aborígenes y de la consiguiente urgencia de llevarles el mensaje de salvación. El mismo no se consideraba capacitado para realizar la tarea misionera propiamente dicha, pero anhelaba preparar el terreno para la posterior llegada de misioneros. Sus primeros viajes los costeó él mismo, pero luego inspiró la formación de una entidad que solventara e impulsara la misión, comprometiéndose él a dar el primer paso. A veces viajaba solo, otras en compañía de su mujer y sus hijos (con los cuales alcanzó a dar una vuelta entera al mundo en el hemisferio sur, en barcos a vela, en busca del lugar donde comenzar los trabajos).

Sólo su formación profesional y la invencible fortaleza espiritual basada en el convencimiento de estar cumpliendo el mandato divino, explican que Gardiner haya perseverado durante tantos años a pesar de sus reiterados fracasos (humanamente hablando): en Sudáfrica, donde debió abandonar su actividad misionera a causa de la situación tribal y política; en Indonesia, donde holandeses recelosos estorbaron su accionar; en el sur de Chile, donde reiteradamente los propios caciques objetaron su presencia; en lo que era entonces el Chaco boliviano, donde la jerarquía católica puso en peligro su vida; en las pampas argentinas, donde la reciente campaña contra los indios hacía inconveniente cualquier intento de iniciar contactos amistosos; en la Patagonia, y particularmente en Tierra del Fuego, la tierra de su martirio.

La hostilidad demostrada por los fueguinos, el rigor de las condiciones de vida en la zona, diversas circunstancias inesperadas y la falta del prometido aprovisionamiento ocasionaron la muerte de todo el grupo inicial, sin que llegaran a establecer un contacto fructífero con los nativos.

¿Qué hemos de pensar ante todo esto? ¿Que Gardiner se anticipó al "tiempo oportuno" de Dios? ¿Que persistió más allá de lo aconsejable? Nos parece que lo prudente de nuestra parte consiste en dejar para la eternidad la respuesta a estos y otros interrogantes, y mientras tanto guardar un respetuoso silencio. De lo que no cabe duda, basándonos en sus escritos, es el hecho de que Gardiner obró con absoluta sinceridad, y con un ardiente e inagotable deseo de llevar a los naturales el mensaje de la redención.

Con todo, "lo que no pudo este extraordinario místico en su vida -como lo expresó un sacerdote salesiano-, lo realizó con su muerte".

Los repetidos fracasos, y muy especialmente la tragedia en torno a la misión fueguina, fueron el detonante que obró para que, en el momento propicio, su visión se cumpliera en los diversos campos latinoamericanos por los cuales anduvo.

La actual Sociedad Misionera Anglicana para Sud América es fruto directo de su visión. Es ella la que ha impulsado las iniciativas misioneras, educacionales y sociales que posteriormente han llevado a cabo sus misioneros en nuestros países, muchas de cuyas obras hacen eco a la visión de su fundador.

La misión a los fueguinos se hizo realidad años después, aunque al costo de otras vidas martirizadas por la agresividad de los naturales.
Siguiendo la línea de pensamiento de las iglesias históricas europeas de la época, Gardiner evitó tener roces con el catolicismo, aunque sabía de la falta de un verdadero adoctrinamiento en la fe por parte de
la Iglesia Católica Romana. Por ello, en algunos de sus viajes exploratorios, Gardiner se ocupó de la distribución de la Biblia y folletos de evangelización, dado que no concebía la posibilidad de una formación genuinamente cristiana de la persona sin el conocimiento de la Palabra de Dios, palabra que conocía muy bien y que citaba constantemente.

Fue, por ejemplo, la segunda persona que llegó hasta el noroeste argentino con este propósito y pasaron muchos años antes de que otros siguieran sus pasos.

Publicó libros sobre sus experiencias, como también folletos, algunos informativos y otros de evangelización. Compuso poesías, en la última de las cuales dice (ya con el fin a la vista): "Señor, humilde ante tus pies me postro
y todo lo que tengo te entrego. Lo que Tú quieras en amor pedirme
es mejor que me falte: ¡todo es tuyo!

 

Era el año 1851, y ese "espíritu excepcional" entregaba su familia (a la que dejó conmovedoras cartas) y sus 57 años de vida, con todos sus afanes, a su Señor, aquel que había prometido que "el que pierde su vida por causa de mí, la hallará" (Mt. 10.39).

 

En 1976 el Primer Congreso de Ciencias Históricas Fueguinas resolvió solicitar al gobierno argentino que la tumba de Gardiner fuese declarada "lugar histórico".